¿Cuánto influye tu imagen personal en la primera impresión que causas en los demás?
La imagen que proyectas tiene un coste. Y no hablo del dinero que te gastas en ropa, zapatos o complementos. Hablo de algo que, para mí, tiene mucho más valor: tu tiempo.
Cada mañana abrimos el armario y decidimos qué ponernos. Una decisión aparentemente sencilla. Pero ¿y si la pregunta fuera otra?
¿De qué me quiero disfrazar hoy?
Nos encanta repetir que lo importante está en el interior. Y estoy de acuerdo. El problema es que nadie puede ver nuestro interior cuando nos conoce.
Lo primero que ve es nuestra apariencia. Y antes de que abramos la boca, ya empieza a hacerse una idea de quiénes somos.
Y no es una exageración. En 2006, los investigadores Janine Willis y Alexander Todorov, de la Universidad de Princeton, demostraron en el estudio original: First Impressions — Willis y Todorov (2006).que una décima de segundo de exposición a un rostro puede ser suficiente para que nos formemos una primera impresión sobre alguien.
Una décima de segundo.
No significa que acertemos. Significa que nuestro cerebro ya ha empezado a juzgar antes de que hayamos tenido oportunidad de conocer a esa persona.
Y ahora pensemos: si somos capaces de juzgar tan rápido, ¿qué importancia tiene la imagen con la que nos presentamos ante los demás?
La imagen también es una decisión empresarial
Pensemos en Mark Zuckerberg, uno de los hombres más ricos del mundo. Durante años se ha caracterizado por vestir con camisetas sencillas, lejos de la estética tradicional de un multimillonario.
Hay quien habla de lujo silencioso, de nuevas formas de entender la riqueza.
Yo tengo otra interpretación.
Creo que Zuckerberg se disfraza de uno más.
Y me parece una decisión empresarial muy inteligente.
Imaginemos que apareciera cada mañana con un traje de Armani hecho a medida, zapatos de 2.000 euros y un reloj que costara lo mismo que el sueldo anual de alguno de sus trabajadores.
¿De qué hablaríamos? ¿De sus ideas o de su fortuna?
Su camiseta no elimina la distancia económica que existe entre él y sus empleados, pero evita recordársela constantemente. Además de haber conseguido ya ser multimillonario y no necesita disfrazarse de nada…
Zuckerberg ha explicado que vestir de manera sencilla le ahorra decisiones cotidianas.
Yo creo que también puede ahorrarle algo mucho más valioso: el esfuerzo de conseguir que los demás lo perciban como alguien cercano.
La imagen que proyectas: ¿cuánto tiempo te cuesta?
Y aquí entra el dinero.
Porque para mí, el tiempo es dinero. Y si consigo transmitir en unos segundos lo que de otro modo necesitaría veinte minutos para explicar, estoy ganando.
Si en ese segundo del que habla el estudio, ya me ven como una profesional del tema, he ganado mucho. En cambio si transmito una imagen diferente, me toca invertir mi tiempo (que es dinero) en cargarme esa idea demostrando con hechos como quiero que me vean.
A mí también me pasa.
Hay eventos a los que voy con unos tejanos, una americana y deportivas. Estoy cómoda y es exactamente lo que quiero proyectar.
Pero hay otros en los que, por lo que represento, por las personas con las que voy a reunirme o por el mensaje que quiero transmitir, elijo un traje de chaqueta.
¿Y sabéis por qué?
Porque no quiero invertir veinte minutos en demostrar que soy una profesional y que sé de lo que hablo.
Si tengo una hora para comunicar algo, quiero dedicarla a transmitir mi mensaje, no a convencer a los demás de que merezco ser escuchada.
No quiero que pasen veinte minutos hasta que alguien piense: «Ah, pues esta mujer sabe de lo que habla».
Prefiero que, desde el primer momento, mi presencia les invite a pensar: «Esta mujer sabe de lo que habla. A ver qué tiene que decir».
Y no es que un traje de chaqueta me convierta en una empresaria más profesional. Es que yo, cuando me lo pongo, me siento más segura, más poderosa. Mi postura cambia, mi manera de hablar también y transmito una fuerza que no siempre tengo cuando voy con unos tejanos.
Con una falda, sin embargo, no me siento igual dando una conferencia. Y no porque una falda reste profesionalidad. Hay mujeres que las llevan con una seguridad impresionante.
Simplemente, a mí no me funciona igual.
No es solamente la imagen que los demás ven. Es la energía que yo transmito cuando me siento bien con lo que llevo puesto.
Y eso también forma parte de la primera impresión. La imagen que proyectas puede ayudarte a transmitir seguridad y profesionalidad antes incluso de empezar a hablar.
¿De qué te disfrazas cada mañana?
Pero no todos nuestros disfraces tienen que ver con el trabajo.
Imaginemos que soy bailarina profesional y me hacen una entrevista para hablar de mi carrera en el ballet. Elegiría ropa de danza, unas zapatillas o incluso un tutú.
Si me entrevistaran como empresaria, seguramente elegiría un traje de chaqueta.
Y si después tuviera que llevar a mis hijos a merendar con sus amigos, aparecería con unos tejanos, unas deportivas y una sudadera.
Me disfrazaría de madre.
¿He dejado de ser bailarina cuando me pongo el traje? ¿O empresaria cuando me pongo las deportivas?
Evidentemente, no.
Pero cuando estoy merendando con mis hijos y sus amigos, no quiero que la protagonista sea la Marina empresaria. Quiero que esté presente la madre cercana, la que escucha, se ríe, juega y disfruta con ellos.
Y me costaría mucho más generar esa complicidad si apareciera con el mismo traje de chaqueta y los mismos tacones que llevo a una reunión de negocios.
Con el resto de mis facetas ocurre exactamente lo mismo.
No se trata de cambiar quién soy, sino de decidir qué Marina quiero que esté presente en cada momento.
Porque soy todas esas Marinas. Y ninguna es menos auténtica que las demás.
La ropa comunica, pero no hace milagros
Pero cuidado.
No estoy diciendo que un traje de chaqueta convierta a nadie en un profesional, ni que unas deportivas te hagan más cercano.
La ropa es una herramienta de comunicación, no una fórmula mágica.
Un traje puede hacer que una persona se sienta poderosa y que otra esté deseando llegar a casa para quitárselo.
Porque no solo comunicamos con lo que llevamos puesto. También comunicamos con cómo nos sentimos llevándolo.
Y si estoy más pendiente de mi ropa que de lo que quiero decir, mal negocio.
Podemos decidir que nuestra imagen no nos importa. Lo que no podemos decidir es que a los demás tampoco les importe.
Por eso creo que merece la pena preguntarnos qué queremos transmitir antes de abrir el armario.
No se trata de vestir caro, de seguir tendencias ni de aparentar lo que no somos. Se trata de entender que la imagen que proyectamos también habla por nosotros. Y que puede ayudarnos a ganar tiempo o hacernos perderlo.
Porque quizá todos nos disfrazamos un poco cada mañana.
La diferencia está en si elegimos conscientemente nuestro disfraz o dejamos que, las tendencias, la comodidad o la rebeldía con la sociedad decidan qué personaje somos.
Y tú, ¿cuánto tiempo estás dispuesto a perder explicando quién eres?
Marina Román
