Elijo ser más inteligente que valiente

Portada de Marina Román sobre cuánto cuesta decir lo que piensas y las decisiones inteligentes.

¿Cuánto cuesta dar tu opinión?

¿Cuánto dinero podemos perder por expresar nuestras opiniones? Una reflexión sobre el precio económico y personal de decir lo que pensamos, cuidar nuestras relaciones y elegir nuestras batallas con inteligencia.

En mi último artículo, «¿Cuánto pagas por tu sueldo?», planteaba una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿cuánto nos cuesta realmente ganar dinero?

Porque facturar no es lo mismo que ganar. Y porque detrás de cada euro que entra en nuestra cuenta hay horas de trabajo, decisiones, renuncias y una parte de nuestra vida que no recuperaremos.

Pero hay otra cuestión que me parece igual de importante. Una vez que hemos dedicado tanto esfuerzo a conseguir ese dinero, ¿somos igual de inteligentes a la hora de protegerlo?

Hoy quiero hablar de un gasto que no aparece en ninguna factura ni en nuestra contabilidad.

¿Cuánto dinero te cuesta decir lo que piensas?

Estamos en un periodo en el que las elecciones vuelven a poner la política en el centro de muchas conversaciones. Me parece un buen momento para plantearlo, aunque esta reflexión podría aplicarse igualmente al fútbol, a determinadas creencias o a cualquier tema capaz de dividir una mesa en dos.

Durante muchos años me gustó que me vieran como una mujer valiente. De esas que dicen lo que piensan, que defienden sus ideas y que no se dejan callar por nadie. Soy pasional, tengo carácter y nunca me ha costado entrar en una discusión.

Pensaba que eso era ser libre. Y, sobre todo, ser coherente.

Hasta que un día empecé a hacer números.

El precio económico de defender una opinión

¿Qué gano defendiendo públicamente unas ideas políticas que, en realidad, pertenecen a un partido? Puedo compartirlas, por supuesto. Puedo estar convencidísima de ellas. Pero no soy política ni cobro por defender esas siglas.

Un político puede ganarse la vida hablando de política. Un comentarista deportivo puede cobrar por discutir de fútbol.

Yo soy empresaria. Me gano la vida consiguiendo clientes, vendiendo seguros, desarrollando proyectos y ofreciendo asesoramiento.

Y una opinión personal expresada en el momento equivocado puede costarme una póliza, una asesoría, una colaboración o una recomendación.

Quizá alguien deje de contratarme porque cree que soy de derechas, de izquierdas o de centro. Quizá ni siquiera me lo diga. Simplemente elegirá a otra persona.

A otros les pagan por defender sus opiniones. A mí, defender las mías puede costarme dinero.

Y no es que haya dejado de tener ideas propias. Las tengo, algunas muy firmes. Pero ahora me pregunto si realmente necesito compartirlas en cualquier conversación y con cualquier persona.

Porque una cosa es tener una opinión y otra muy distinta es sentir la obligación de demostrarla.

Cuando el coste no se mide en dinero

Además, hay otro precio que he empezado a valorar tanto como el económico: el de mis relaciones personales.

Tengo muy buenos amigos en partidos políticos diferentes. Personas importantes en mi vida, a las que quiero muchísimo, aunque no siempre esté de acuerdo con sus ideas ni con las decisiones que defienden.

Hay cosas que me encantan y otras que me enervan. Y quienes me conocen saben que, cuando algo me enerva, mi primera reacción no suele ser precisamente quedarme tranquila.

Pero detrás de esas siglas están mis amigos.

Y si quiero construir relaciones de calidad, basadas en el cariño y el respeto, también tengo que preguntarme qué estoy aportando yo a esas relaciones.

No puedo exigir que mis amigos respeten mis ideas, mis decisiones y mi manera de vivir si yo convierto constantemente las suyas en motivo de enfrentamiento. Después no tendría demasiado sentido quejarme de que no me respetan.

Las relaciones que tengo también dependen de cómo decido cuidarlas.

Eso no significa darles la razón ni renunciar a lo que pienso. Significa entender que puedo querer profundamente a alguien que ve el mundo de una manera distinta a la mía.

Y que no todas nuestras diferencias necesitan una discusión.

Ser inteligente también es elegir qué batallas librar

Antes creía que ser coherente era expresar siempre lo que pensaba. Hoy entiendo la coherencia de otra manera: actuar de acuerdo con la vida que quiero tener.

Parece que está de moda que las mujeres demostremos que somos fuertes, valientes, que nada nos achica y que podemos con todo. Yo ya he pasado por esa pantalla. Y con nota.

Pero ahora no quiero que me recuerden como una mujer a la que nadie podía callar ni doblegar. También quiero que sepan que me canso, que tengo momentos de debilidad y que, a veces, lo único que necesito es un abrazo para recomponerme.

Eso no me hace menos valiente. Me hace humana.

Quiero que mis negocios sean rentables. Quiero ganar dinero. Quiero vivir tranquila y conservar a las personas que quiero cerca.

Y también quiero seguir siendo una mujer con criterio, con convicciones y con capacidad para defenderlas cuando considere que merece la pena.

Por supuesto, habrá quien prefiera expresar públicamente sus ideas aunque eso le cueste clientes o amistades. Puede ser una decisión perfectamente inteligente si ha valorado las consecuencias y está dispuesto a asumirlas.

No hay una única respuesta correcta.

Lo importante es que sea una elección consciente, no una reacción impulsiva.

Yo he aprendido que, cuando algo me enerva, no tengo por qué dejar que mi pasión decida por mí. Puedo escuchar, pensar y valorar qué gano, qué pierdo y qué es realmente importante en ese momento.

A veces decidiré defender mi opinión. Otras veces preferiré cuidar una relación o una oportunidad profesional. Ambas decisiones pueden ser coherentes.

Ser libre me permite decir lo que pienso. Ser inteligente me permite decidir dónde, cuándo y a qué precio.

— Marina Román

En mi último artículo hablaba de cuánto nos cuesta ganar nuestro sueldo. Hoy quería plantear cuánto puede costarnos una opinión.

En mi caso, he decidido cuidar de mis amigos y de mi bolsillo. No porque mis ideas hayan dejado de importarme, sino porque hay otras cosas que también tienen un enorme valor.

Porque decir siempre lo que pienso puede alimentar mi ego. Pero no estoy dispuesta a que mi ego vacíe mi bolsillo.

Y por eso, hoy elijo ser más inteligente que valiente.

P. D.: Esta es la teoría. Ahora estoy practicando. Porque sigo siendo una mujer pasional, de las que se calientan y saltan antes de contar hasta diez. La diferencia es que ahora, cuando noto que voy a saltar, intento hacerme una pregunta: «¿Cuánto me va a costar esto?». No siempre llego a tiempo, pero estoy mejorando.


Sobre Marina Román

Marina Román es empresaria y comunicadora, vinculada al mundo empresarial y al liderazgo femenino. En sus artículos reflexiona sobre el dinero, la rentabilidad, las decisiones empresariales y el coste económico y personal de la vida que elegimos construir.

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